Cuando el horror se topa de frente con el rostro de los niños, éstos lo transforman aportando una dimensión invisible a los ojos de los adultos y así nos lo hace ver Baktay. Buda explotó por vergüenza nos sumerge en un universo de dureza y ternura a partes iguales narrado desde el punto de vista más inocente y rotundamente verdadero a la vez.
El drama de una niña que lucha por aprender más allá de lo impuesto en un lugar en el que saber demasiado es motivo de castigo no es más que una metáfora de un conflicto a escala. Y esa fuerza resignada es la que nos hace unirnos a sus deseos por conseguir el ansiado cuaderno. Un cuaderno que se puede convertir en avión que sea pisoteado por ignorantes o en barco que la guíe para volver a ser papel donde escribir las historias bonitas que Baktay quiere aprender. Portador de las letras que recitan, acompaña en la búsqueda a la pequeña de mofletes sonrojados y a su amigo Abbas que, lleno cubierto de barro seco y con cierto aspecto de la dinamitada escultura, escapa de sus verdugos reivindicando el abecedario.
Hana Makhmalbaf nos presenta un film sin artificios, pero lleno de simbolismos, belleza y sencillez, una frescura quizá reflejada por su corta edad. La cámara acompaña a la protagonista logrando la belleza en cada plano y absorbiendo sus expresiones. Todo esto sumado a una fotografía natural en la que los ropajes de la niña marcan la constante de color contrastando con la aridez de los paisajes.
Hija del reconocido director Mohsen Makhmalbaf y perteneciente a una familia de cineastas, Hana ha mamado el buen cine desde pequeña y así lo demuestra. Tenemos ante nosotros una dura crítica a los problemas de nuestro tiempo que despierta los ojos del espectador y lo remueve en su butaca. Baktay no quiere jugar. Porque los juegos de niños atisban el futuro. Y es que Buda quizá no explotó por vergüenza, sino para ser libre.