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Metiéndonos en harina… ¿Qué nos vamos a encontrar en la sección Japón en negro? El festival pone a nuestro alcance una extensa muestra de lo prolífico del cine japonés. Miscelánea en cuanto a que abarca más de 50 años de producción, y es que el cine, como toda manifestación artística, sufre la evolución del tiempo. No obstante, avispado espectador, encontrarás un sutil patrón con el que guiarte en la degustación de este cine.

La tradición literaria japonesa. El carácter contemplativo. El honor. Las costumbres jerárquicas. El asombro ante la naturaleza. La meditación. O el realismo pictórico. Todo esto consiguen encerrar en los escasos metros cuadrados de loneta. Se trata de sentir lo que se ve, ¿y cómo se hace? No hay una receta concreta, sólo una tendencia que es posible adivinar si se desconoce, e identificar si se sabe qué buscar.

En el cine mudo predomina el simbolismo tan típico de la tradición literaria y teatral japonesa. En un cine apenas corrompido por influencias extranjeras destaca el primer plano. Esto es así en consonancia con el teatro japonés, más entregado a la expresividad del rostro que a la gesticulación.

En el escenario de la Primera Guerra Mundial intelectuales y dramaturgos apuestan por occidentalizar el cine; adoptan la narrativa estructural hollywoodiense: planteamiento, nudo, clímax y desenlace. El gusto japonés, no obstante, no se erradica y se observan curiosas tendencias estandarte del cine nipón. Destacan:

El ritmo lento, ayudado por el uso del plano secuencia. El uso del plano secuencia implica una apuesta por el realismo cinematográfico pues permite captar más datos sobre la realidad en la que se encaja la ficción, y tiene, a su vez, muchísimas consecuencias. Ejemplo de ello es la preponderancia del juego en el movimiento entre los actores y los objetos. Mejor aprovechamiento de la profundidad de campo, que a su vez permite una mejor observación de las diagonales tan típicas de las litografías japonesas. Meticuloso estudio de la iluminación, donde tiene que destacar la sutileza de las decoraciones artísticas niponas.

Por otro lado se observa un acusado uso del contrapicado. Otra vez es la cultura nipona la responsable de este curioso aspecto, y obedece a la tradición de sentarse en el suelo. De esta forma los directores favorecen la visión de los espectadores.

Observen también, sobre todo con Ozu, la tendencia a introducir espacios vacíos antes y después de la acción. Esto es, antes de que una acción tenga lugar, se muestra el sitio en vacío. De pronto los personajes entran en cuadro, tiene lugar la acción y se retiran dejando, otra vez, el espacio vacío antes de cambiar de toma.

También es posible encontrar una sutil forma de imprimir ritmo a la narración a través del sonido. El sonido, no la música, sino el habla, los golpes, el sonido en general, lleva un compás ritmado que imprime la sensación del paso del tiempo. Otra vez destaca la poética de la cultura insular.

A pesar de todos los cambios que el tiempo ha insuflado en las tendencias niponas nada como los radicales cortes de los movimientos contraculturales. Pero, ¡cuidado! El ánimo por cambiar todo lo preestablecido no consigue dejar de lado la tradición, pues precisamente en ella se basa para corromper lo preestablecido. Así, la nüberu bagü, nueva ola japonesa, trata de extirpar todos los fundamentos del cine japonés exhibiendo su contrario.

Aquí, bruscos movimientos de cámara. Rápido fluir de los acontecimientos. Desfigurados bordes a la moralidad. Oshima.

En fin, todo esto podremos ver en Japón en Negro. ¡Pedazo de oportunidad!

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